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Nigro: Paintings for the Millennium's end. Born into a family with an affinity for Art as both vocation and necessity, Francisco Casariego, Nigro (Oviedo, Asturias, Spain 1919), has always regarded painting as a fundamental urge. While attuned since his youth to developments in the fine arts, it was a trip to New York and a visit to the Museum of Modern Art which aroused his latent painterly sensitivities. As Nigro contemplated the achievements of the great American Abstract Expressionists he experienced an authentic revelation which had fertile consequences. Above all, Franz Kline's austere compositions in black and white had their greatest impact on the young Nigro and influenced his basic approach to painting from the fifties onward. The tide of abstraction which flooded Europe at this time carried Nigro along with it, enriching his work materially and emotionally. Although the trajectory of Nigro's career was interrupted during the intervening years, his spirit never ceased to progress. The last six years have seen a characteristically fervent level of production, and the Nineties have witnessed a consistent series of exhibitions of Nigro's work. Far from a riot of screaming colours and convulsive gesturing, Nigro's work aligns itself with the large European informaliste school of abstraction. Nigro, like Soulages and Hartung before him, has chosen the path of restraint to express his innermost feelings. With rapid confident sweeps of the roller over monochromatic backgrounds Nigro structures the picture plane with dislocated stripes and irregular curving gestures. Varying his pressure on the brush or roller, and choosing a palette with more or less color, Nigro establishes a starting point for an intense dialogue between hue and line, dream and shape. Tracking the subtle marks which emerge from chromatically sober interstices and voids, we gain a sense of the ethereal over the merely referencial. We see at work a sensibility which is poised rather than unbalanced, serene and discreet rather than overt and alarming. His paintings express a spiritual theme of acceptance, of an unconscious recognition of unexpected patterns in a seemingly casual nature. Patterns about a sense of order, balance and clarity of ideas, a place in the soul where there is no noise, no anger, no excess. And all these painted communiques are subdued -for the most intimate secrets, the most profound confessions, are almost always uttered in a calm and quiet voice.
The author. August 2003
Nigro: Pinturas para el final de un milenio
Nacido en un medio familiar donde el arte era vocación y necesidad, la pintura ha sido desde siempre para Nigro (Oviedo, España 1919) una constante vital más. Atento desde su juventud al devenir de las artes plásticas, será una visita al MOMA de New York en los años cincuenta, la que actúe de catalizador de una sensibilidad artística siempre a flor de piel. La contemplación de las obras de los grandes expresionistas abstractos norteamericanos constituyó para él una auténtica revelación interior de fecundas consecuencias y, entre todos ellos, Franz Kline, con sus composiciones austeras en negros y blancos, fué el que más le impactó. Desde entonces Nigro ha seguido esa oleada abstracta que, posteriormente, inundó Europa, realizando sus primeras experimentaciones abstractas densas de materia y emoción. Su trayectoria, silenciada durante algunos periodos en el plano físico -mas nunca espiritual- viene a desarrollarse en los últimos seis años con un fervor milenarista, en cientos de cuadros y diversas muestras individuales y colectivas. Tan lejos de los indomeñables gritos de color como de la gestualidad convulsa, la obra de Nigro se alinea en esa gran familia informalista europea -Soulages, Hartung, ... - que optó por la vía de una mayor contención como medio para expresar su más honda sensibilidad. Sobre unos fondos monocromos, obtenidos mediante rápidos movimientos de rodillo, Nigro dispara una personalísima grafía de trazo ancho y poderoso, que estructura el campo pictórico en franjas dislocadas o gestos curvos. La mayor o menor cantidad de color y presión efectuada con la brocha o el rodillo, constituye el punto de partida de un intenso diálogo sensible al matiz, al barrido y a la ensoñación. En ocasiones se puede rastrear algún barrunto dibujístico subyaciendo bajo estas composiciones de intensa sobriedad cromática pero, en cualquier caso, de naturaleza más anímica que referencial. Su gestualidad resulta siempre pausada, serena, contenida; ejecutada, diríase, a ritmo de pintor de paredes o de rotulista publicitario. Y es que este gesto no es sólo expresión corporal sino también espiritual, como reflejo de una serie de matrices inconscientes que enriquecen el proceso sin ahogar su naturaleza impredecible y casual. Y estos no son otros que el sentido del orden, la claridad y el equilibrio. Y toda esta expresión de interioridad y de belleza plástica se lleva a cabo, como digo, sin gestos desmesurados, sin vehemencia ni cólera. Porque las confesiones más íntimas, las más profundas, se realizan casi siempre en voz baja y pausada.
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